Una experiencia mundialista, en primera persona

18 dic 2020
  • Osvaldo Santander integra el #FanMovement de la FIFA

  • El argentino narra su relación con el fútbol y los Mundiales

  • "La gloria se la llevan unos pocos, ¡la fiesta nos la llevamos todos!"

La pasión del hincha argentino está bien documentada, sobre todo en las últimas dos Copas Mundiales de la FIFA. Tanto en Brasil como en Rusia, la afición albiceleste llevó su fidelidad a la selección a otro nivel, asistiendo masivamente a los estadios con sus canciones pegadizas y su habitual colorido.

Aquí, un integrante del Fan Movement de la FIFA argentino, Osvaldo Santander, pone en primera persona no sólo su relación con el deporte que tanto ama, sino sus vivencias compartiendo ese sentimiento con otros aficionados del mundo entero en los últimos dos Mundiales.

Mi nombre es Osvaldo Santander, tengo 55 años, soy Licenciado en Publicidad y, por sobre todas las cosas, soy argentino. Lo resalto porque tiene que ver directamente con la pasión por el fútbol, el fanatismo y el amor incondicional por la pelota.

Voy a la cancha desde los 3, cuando mi padre me llevó a ver a mi querido San Lorenzo de Almagro. Desde ese momento nació en mí algo que no dejó de crecer, convirtiéndome en parte de una gran familia futbolera que disfruta los partidos, se conmueve ante un gol, sufre por una derrota y se emociona.

Fue un Mundial de la FIFA, el de Alemania 74, el que se grabó en mi corazón para siempre. Tenía 9 años y la obsesión de juntar las figuritas para llenar el álbum. Una gesta imposible, pero que me llevó a ver todos los partidos por TV en blanco y negro. Junto al Mundial de Argentina 78, sellarían mi amor eterno con el fútbol.

Mi vida está articulada alrededor de los Mundiales: si quiero recordar qué me pasó a los 25, pienso en Italia 90; si intento recordar qué hacía en 2006, mi referencia es el Mundial de Alemania. Y así siempre.

También soy coleccionista de objetos futbolísticos desde hace más de 30 años, sobre todo de Mundiales. El fútbol me produce alegría, fantasía y un amor al que jamás le reclamaré algo.

Mi locura por los Mundiales me llevó a pasar dos semanas en Brasil 2014, donde viví momentos sociales fantásticos. Fiesta plena, intercambios de camisetas, bufandas, banderas… Hasta presencié con bajas expectativas un Argelia-Corea (4-2) que resultó un partidazo… Ahí asumí una idea: ¡tenía que ir a Rusia 2018!

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Volvía contentísimo de Porto Alegre y pensaba lo difícil que sería: entradas, pasajes, estadía... Mis amigos me decían que estaba loco. Pero nada me hizo cambiar de objetivo.

La primera señal vino de la FIFA, al otorgarme las entradas para los 7 partidos que había solicitado, todos en Moscú. Entre ellos, cabía la posibilidad de ver a Argentina, aunque faltaban dos fechas de las eliminatorias y estaba difícil.

Por suerte, clasificamos y el alma me volvió al cuerpo. Esas entradas no solo eran para mí, sino también para mi hijo Julián -compañero de mil aventuras futboleras-, mi hermana María Mercedes y un amigo que se sumó a la causa desde el principio.

Después compramos los pasajes. ¡A 8 meses del Mundial, ya teníamos lo más importante!

Los meses previos fueron emocionantes. Hubo reuniones con otros fanáticos que se fueron uniendo, y tratativas de encuentro con gente de otros países con los que mantengo contacto, muchos de ellos coleccionistas, y que también harían el viaje maravilloso.

Como íbamos a estar los 18 días en Moscú, alquilamos un departamento cerca del Luzhniki, atrás de la Universidad de Moscú.

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Ya en el comienzo del viaje, durante la escala de ocho horas en Frankfurt, para pasar el rato puse las banderas que llevábamos sobre el piso, y eso hizo que otros fans hicieran lo mismo, creando en instantes una magia de confraternidad mundialista.

Rusia 2018 fue pura alegría y emoción, todo estaba increíblemente bien armado. Las autoridades eran cordiales pero estrictas, eso ayudó para a vivir un evento de gran exaltación, pero controlado, sin peleas ni nada por el estilo. Eso es destacable.

Si hay algo para recomendar, es ir unos días antes del inicio del torneo. Llegamos 4 días antes y nos encontramos a todos los fans en estado de éxtasis absoluto, y sin resultados que festejar o padecer, todo por ocurrir.

Sin tickets para la inauguración, nos fuimos temprano al Fan Fest. Decir que era fabuloso es quedarme corto. Lo habíamos visto en Brasil, pero a otra escala. En el entretiempo de Rusia vs. Arabia Saudí, nos acercamos al estadio para juntar objetos para nuestro museo: vasos que tiraban a basura, credenciales, merchandising… ¡Todo!

Dos días después, nos tocaba ver a nuestra amada Argentina frente a Islandia en el Spartak Stadium. Fuimos con nuestras camisetas, gorros y banderas, además de stickers y 300 posavasos que regalábamos a quien cruzáramos.

Nos emocionamos con nuestro himno. Con mi hijo llorábamos porque hacía unos meses, quien fuera el creador de todo este amor por la pelota, mi padre (su abuelo Paco), había partido al cielo, y sentimos que nos estaba acompañando. El resultado fue lo de menos, la felicidad por haber alentado a nuestra selección tan lejos resultó inolvidable.

Más tarde vendrían los partidos de Alemania vs. México, Polonia vs. Senegal, Portugal vs. Marruecos, Bélgica vs. Túnez, Dinamarca vs. Francia y el cierre de nuestra aventura, Brasil vs. Serbia. Encuentros fantásticos para nuestro museo: conseguimos camisetas, inflables, entradas, vasos, y muchas cosas más.

Emprendimos la vuelta con Argentina clasificada a octavos y una experiencia memorable. ¿Y todo por qué? Porque el fútbol es imprevisible: se puede ganar o perder, pero nunca te deja con las manos vacías de historias y momentos que recordaremos toda la vida.

La cantidad de gente que conoces en un Mundial es inmensa, heterogénea e inclusiva. Saltas y cantas abrazado, y si miras bien, uno es alemán, otro ecuatoriano, otro senegalés, otro rumano… ¡hasta conocimos a alguien de Nepal! ¡Es magnífico!

Un Mundial no es solo jugadores, dirigentes y cuerpos técnicos tratando de ganar una Copa. Es la unión de los habitantes del mundo, vibrando por la misma pasión, por el mismo sentimiento. La gloria se la llevan unos pocos, ¡pero la fiesta nos la llevamos todos! ¡¡¡Qué viva el fútbol!!!".