La oportunidad impensada de un "Vasco" apasionado

- Quiero presentarme para que me conozcan un poquito más y vean cómo pienso, cuál es mi perfil como técnico.

Julio Olarticoechea agarró el micrófono y lo primero que hizo hace 28 días, al asumir de apuro como técnico del seleccionado olímpico argentino, fue presentarse. Justo él, que en Argentina no necesita introducción ninguna. Es un prócer futbolístico para el país, si así se le puede llamar a uno de los siete futbolistas argentinos que fueron campeones y subcampeones del mundo alguna vez. Pero como entrenador prácticamente nadie sabía cómo era. Ni hace 28 días, ni ahora, pero lo empezarán a descubrir desde el jueves 4 de agosto, cuando Argentina debute ante Portugal en el Torneo Olímpico Masculino Río 2016.

No es que el Vasco esté por debutar a los 57 años. Dirigió en la Tercera División argentina y trabaja en la Asociación del Fútbol Argentino desde 2008. Pero como es él, lejos de los escenarios. Como ayudante de campo de selecciones juveniles, primero, como entrenador de la selección femenina, después.

Su 2016 fue vértigo puro: en febrero dirigió a un combinado Sub-23 de la Tercera División mientras todavía era seleccionador femenino. A mediados de mayo asumió en el Sub-20. Ante la renuncia de Gerardo Martino a la selección mayor tras la Copa América Centenario, en julio fue elegido para dirigir el Sub-23. Martino iba a estar en Río y Olarticoechea era el único que tenía contrato vigente de toda la estructura de selecciones.

“Dice el dicho que hay que estar en el lugar justo y a la hora justa. Y aquí estoy”, se felicitó. “Me siento espectacular. A mí me gustan las difíciles. Vamos a dejar todo por esta camiseta y por esta responsabilidad que asumimos. Tengo muchísima confianza de que vamos a andar bien”.

Tanta, que en las últimas horas, con apenas tres amistosos jugados, se animó a mirar al gran candidato: “Sería hermoso arruinarle la fiesta a Brasil”.

El hacedor de grupos y la Nuca de Dios La pasión que muestra al hablar es la misma que le explota por dentro al dirigir. Basta verlo correr detrás de los jugadores durante los entrenamientos de fútbol, a puro grito. Parece un futbolista más, pero es el que ordena, el que cree que el entrenador es fundamental para “ayudar en la parte mental”, al que le gusta atacar y bajarle a sus jugadores “el mensaje de que soy un técnico que no tiene miedo a perder”. El que está convencido en la fortaleza del grupo como inicio de todo: no va a ganar por tenerla, pero no va a ganar sin tenerla.

“No soy ni Bielsa ni Mourinho”, dijo con una semisonrisa, aceptando sus limitaciones. Pero se colgó la medalla en eso en lo que es devoto: “Tengo una capacidad, que es que llego bien a los grupos. Soy creíble y así entrás ganando. Después, es fútbol”.

La capacidad de Olarticoechea de aglutinar no es nueva. Argentina tuvo un ataque de nostalgia colectiva en el útimo par de meses: se cumplieron 30 años del título logrado en la Copa Mundial de la FIFA México 1986. Hubo programas especiales en la televisión. Allí se vieron los videos caseros que hizo aquel plantel durante su concentración en el DF.

La cámara de VHS era de Néstor Clausen, pero el que tuvo la idea de ponerse en periodista y entrevistar en broma a sus compañeros para descomprimir la tensión fue del Vasco. Pedro Pasculli, delantero de ese equipo, lo señaló en el documental 1986. La historia detrás de la Copa como “el tipo más importante del grupo”.

Adentro de la cancha, tuvo acciones vitales: salvó con un nucazo milagroso sobre la línea el empate 2-2 de Inglaterra en el que es el partido más icónico del fútbol argentino: el de la Mano de Dios y el Gol del Siglo. "Yo la bauticé como La nunca de Dios", bromeó hace un tiempo. En Italia '90, le mandó el centro a Claudio Caniggia para empatar la semifinal ante la Azzurra y después convirtió su penal en la definición para ser finalistas pese a haber pateado la tierra antes que el balón.

Se retiró en 1994 y se fue lejos de Buenos Aires, a su Saladillo natal, a 170km de la capital. El mismo al que todavía regresa y hace de delivery de tortas, el negocio familiar. “Me fui saturado del fútbol y porque quería que mis hijas se criaran con la tranquilidad que yo lo hice”. Volvió 10 años después. “Me picó el bichito, me volvió la pasión. Y acá estoy por la pasión”.

Tras un largo camino en los rincones de la dirección técnica, sin que nada lo previera está ante su gran oportunidad. Los datos dicen que Argentina nunca perdió en un Mundial con él estando dentro de la cancha como jugador. Está en Río para poder decir que, con él en el banquillo, en un Torneo Olímpico tampoco.

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